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Hugo Chávez, la leyenda del Libertador del Siglo XXI

Hugo Chávez no ha sido un dirigente cualquiera en la historia de la izquierda. Ha sido uno de esos dirigentes políticos que marcan una época histórica para su país y para la Patria grande latinoamericana. Pero, sobre todo, ha encarnado la hora del renacimiento de la izquierda tras décadas de derrotas, la hora de las razones de la causa popular después de la larga noche neoliberal.

La América en la que el joven Hugo comenzó su obra solo en apariencia era un continente pacificado por el llamado “fin de la historia”. Éste, en América latina, no había significado el triunfo de la libertad como en la Europa donde se derrumbaba el muro de Berlín; sino que se había impuesto en las salas de tortura, con los desaparecidos del Plan Cóndor y con la carestía inducida por el Fondo Monetario Internacional. El “mejor de los mundos posibles” le dejaba a América latina un papel subalterno, y a los latinoamericanos la negación de los derechos humanos y civiles más esenciales.

En 1989, Carlos Andrés Pérez, siendo vicepresidente de la Internacional Socialista, masacraba a miles de ciudadanos indefensos de Caracas para obedecer a los dictados del FMI. La América que hoy deja Hugo Chávez, es un continente muy distinto; un continente en vías de liberarse de muchas de sus dependencias históricas y recuperado, gracias a un crecimiento constante que, por primera vez, se ha dirigido sistemáticamente a reducir las desigualdades y a garantizar los derechos fundamentales.

Solo hace falta citar unos pocos datos para entender la medida del cambio. En la vieja “Venezuela saudita”, considerada como una democracia y un modelo por el FMI –pero cuyas ganancias petroleras se quedaban en manos de unos pocos–, los pobres y los indigentes eran el 70 por cien (49 y 21%, respectivamente) de la población. En la Venezuela bolivariana del “dictador populista” Chávez, estas cifras se han reducido a la mitad (27 y 7%). A este dato se acompaña el crecimiento en un 2.300% de las inversiones en investigación científica, y la construcción desde cero, gracias a 20.000 médicos cubanos, de un sistema sanitario público apto para satisfacer las necesidades de todos.

Hoy, cuando el demonio Chávez ha muerto, está a la vista de cualquiera que tenga la honestidad intelectual de reconocerlo lo que han representado tres lustros de chavismo: pan, techo y derechos. Los observadores honrados, empezando por el ex-Presidente estadounidense Carter, que le ha dirigido un conmovedor mensaje de despedida, reconocen en Chávez al sincero demócrata y al militante que hasta el último momento se dedicó «al compromiso para mejorar la vida de sus compatriotas». No, Jimmy Carter no es… chavista. Simplemente, es intelectualmente honesto y ha querido ver con sus ojos. Todo lo demás, la demonización, la calumnia descarada, la representación caricaturesca, no es más que burda desinformación.

Chávez hoy entra en la Historia y ya es leyenda, porque mantuvo las promesas e hizo lo que es la esencia de la idea de izquierda: luchar por todos los medios por la justicia social, dar voz a quien no tiene voz, derechos a quien no tiene derechos, logrando resultados extraordinarios. En estos años se ha equivocado cien veces, porque cien veces ha actuado, en un país tremendamente difícil como Venezuela. Llamó a su camino “socialismo”, precisamente para desafiar el pensamiento único que demonizaba esta palabra. Chávez se convierte así en leyenda porque, en paz y democracia, cumplió con lo que es el deber de cualquier dirigente socialista: tomar la riqueza ahí donde se encuentre –en el caso venezolano, en el petróleo– e invertirla en beneficio de las clases populares. Lo ha hecho –más allá de la retórica revolucionaria propia de estos años de lucha política encarnizada– como una hormiguita reformista. Utilizo el término “reformista” a sabiendas de que a muchos, tanto defensores como críticos, no les gusta pensar que Chávez no haya sido más que un reformista; pero un reformista radical, capaz de alcanzar resultados que se consideraban imposibles con los métodos que él practicó: una constante, cansadora negociación y unas políticas basadas en la búsqueda del consenso y en la participación popular. Chávez ya es leyenda porque supo arrastrar al juego democrático a una oposición maniobrada por George Bush y José María Aznar (mucho menos por Obama) hacia la subversión, como se vio en el fallido golpe de Estado del 11 de abril de 2002, cuando todo un pueblo lo devolvió en volandas al Palacio presidencial de Miraflores; y como se volvió a comprobar con el posterior cierre patronal golpista de PDVSA, la compañía petrolera nacionalizada. Es el control de esta última lo que ha garantizado la fuente para políticas sociales generosas.

Es esto lo que la izquierda de opereta europea nunca ha perdonado a Chávez. Para la izquierda europea, América latina es un lejano recuerdo de juventud, no un continente parte de su propia historia. Es demasiado fácil archivar la presunta anomalía chavista, que es la de un Continente en el que tomar partido entre izquierda y derecha tiene más sentido que nunca, como una utopía de campamento de verano –el pueblo unido y hasta siempre comandante. Es demasiado incómodo reconocer su praxis política en las dos batallas históricas que Hugo Chávez encarnó: la lucha de clases, que llevó a Chávez, el chico de familia humilde que para estudiar solo podía hacerse cura o militar, a pelear toda su vida del lado de los humildes; y la lucha anticolonial, que se ha plasmado en el proceso de integración del Continente.

El consenso, la participación en el proyecto chavista, se aprecia justamente en la vigencia, en las clases medias y populares venezolanas, de un pensamiento contra-hegemónico frente a la doctrina liberal del dominio de la economía sobre la política. En las décadas pasadas, los pueblos latinoamericanos han desarrollado unos sólidos anticuerpos al respecto. Chávez ha catalizado estos anticuerpos, rescatando el papel de la lucha de clases en la Historia y la continuidad de la lucha anticolonial, porque los “parias de la tierra” siguen ahí, en el Sur del mundo, y no bastan 10 o 15 años de gobierno popular para curar el daño de 500 años. Lo acusan de haber utilizado para fines internos la polémica contra los Estados Unidos; algo de esto hay, pero no fue Chávez quien intentó sistemáticamente derrocar al presidente de los EE.UU., y no es el dedo de Chávez el que tapa la luna de las relaciones desiguales e injustas entre Norte y Sur del mundo.

Permítaseme el recuerdo de la entrevista casi visionaria que Chávez me concedió a finales de 2004 sobre el tema de la Patria grande latinoamericana. Todavía siento la fuerza de su abrazo en el momento de despedirnos. Lo acompañaban Lula y Néstor Kirchner, este también fallecido antes de los sesenta en el cénit de su lucidez política, tras liberar a Argentina del yugo del FMI y restaurar el Estado de derecho para enjuiciar a los violadores de derechos humanos de la última dictadura. Después llegaron Evo Morales y todos los demás dirigentes protagonistas de la primavera latinoamericana. En Mar del Plata, en 2005, todos juntos derrotaron el proyecto criminal de George Bush quien, con su ALCA, quería convertir a toda América latina en una maquiladora al servicio de la competición global de los USA contra Cina. Decirle “no” a los USA: ¡algo impensable!

Ahora, sepultada la piedra del escándalo Chávez, todo el mundo está seguro de que la anomalía volverá a su cauce, que Nicolás Maduro no estará a la altura, que el Partido socialista se hundirá en rivalidades personales y que la historia volverá a su curso como si Hugo nunca hubiese existido. Puede ser. Pero cien veces en la última década los venezolanos y los latinoamericanos han demostrado razonar con su propia cabeza. Han demostrado que no quieren volver al modelo que han vivido durante décadas y que hoy está devorando al sur de Europa. La fuerza del Brasil de Dilma como potencia regional ha superado con éxito varios exámenes de legitimación. El proceso de integración parece irreversible y se erige en el pilar que impide el regreso  del «Washington consensus». No, una simple restauración no está en el orden del día, incluso si cambiara el signo político del gobierno venezolano, algo improbable en el corto plazo, también por la oleada de emoción causada por la desaparición de un líder tan popular.

A partir de hoy, cualquier gobierno venezolano y latinoamericano deberá medirse con la leyenda de Chávez, el presidente invicto, cuatro veces reelegido por su pueblo, capaz de sobrevivir a golpes y complots, con todos los medios en su contra y al que solo el cáncer ha podido derrotar. Dirigentes como él o Néstor Kirchner no surgen fácilmente y el futuro no está escrito. Pero su legado es enorme y es un patrimonio que queda en manos del pueblo.

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