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UE: Dilución de una idea – La Jornada – Messico

UE: Dilución de una idea – La Jornada – Messico


por Gennaro Carotenuto*


Fuertemente deseado por los mercados y por la administración estadunidense, desde el viernes 17, empezó el proceso que en diez años llevará Turquía en la Unión Europea. Mientras tanto, ya en 2007, habrán entrado, por un carril más rápido, también Croacia, Bulgaria y 40 millones de rumanos que moverán definitivamente hacia el Este un corazón que desde el tratado de Roma de 1957 había latido en el valle del Rhin franco-alemán. Ahí franceses y alemanes se hicieron guerra durante siglos. Pero ahí, entre Estrasburgo y Bonn, en los últimos 60 años, supieron construir mucho más que una alianza: una de las más sólidas amistades y comunión de valores e intereses de la historia. Especialmente en época de guerras infinitas, el hecho que los europeos hayan dejado de matarse entre ellos, es seguramente uno de las aportaciones más positivas de nuestra modernidad.

En el 2015 Turquía será el país más poblado de la Unión Europea, superando los 80 millones de alemanes entre los cuales ya hoy viven al menos 5 millones de inmigrados turcos. De los diez nuevos integrantes que desde el 1º de mayo de 2004 llevaron la Unión a 25 países, el único demográficamente relevante fue Polonia, con sus 40 millones de habitantes. Hasta ahora el debate, y el eventual repudio a la integración turca en la Unión Europea, se ha dirigido centrándose en la cuestión religiosa: la Europa carolingia y cristiana, de la batalla de Lepanto y del asedio de Viena de 1683, no podía abrir las puertas a su histórico enemigo otomano. El musulmán es hoy en día el inmigrado que ha ensuciado la cara de nuestras ciudades blancas, en un “melting pot” todavía lejos por realizarse. Y es el enemigo que hace saltar trenes en Madrid y degüella rehenes en Irak. Son argumentos débiles frente a la relevancia de la integración del mercado turco en la Unión y, a la hora de votar, el repudio a la entrada de Turquía ha quedado aislado a sectores de derechas radicales, que hacen de la xenofobia su razón política, como el Frente Nacional Francés, la Liga Norte italiana, el Vlaams Block de Bélgica o el Comisario para el mercado interno, el liberal holandés Fritz Bolkenstein, quizás el más importante exponente del frente del no a la Turquía.

Los argumentos étnico/chovinistas y religiosos quedaron en segundo lugar frente a la fuerza económica del proyecto turco. En este contexto aparecen tan frágiles los argumentos en contra como los argumentos en favor. Estos recuerdan las grandes reformas de Kemal Ataturk al final de la primera guerra mundial o los objetivos esfuerzos del gobierno islamista moderado y filo-occidental presidido por Tayyp Erdogan en reformar sus códigos legislativos. Han visto como hechos públicos relevantes la suspensión de la pena de muerte, la abolición del crimen de adulterio y pálidas aperturas a los derechos de la importante minoría kurda. Además Turquía es un país fundador de la OTAN y abre a la Unión Europea una enorme área turcófona, una novedosa vía de la seda que amplía el espacio europeo hasta Kazajstán y la frontera con China.

Sin embargo, no son estos los argumentos decisivos en el ingreso de Turquía en la Unión. Los argumentos son otros y no son objeto de debate. Los países con bajo producto interno bruto per capita son, en el mundo neoliberal, una mercadería preciosa. La integración en una Europa con unos 30 países de al menos 200 millones de ciudadanos con rentas que no superan en promedio la tercera parte de las de los ciudadanos de los antiguos 15 occidentales, es la única manera de competir en sectores como el textil en el mercado mundial globalizado. Frente a la flamante “economía de mercado” china, frente a Estados Unidos que con el ALCA pretende transformar todo el continente en una enorme maquilladora donde se produzcan mercaderías de bajo valor agregado, Europa contesta con la misma moneda. Ya hoy Rumania -que es apenas menos importante de Turquía- es la maquiladora donde se ha movido virtualmente todo el textil italiano. Se pagan sueldos del 6-8 por ciento; no hay partido.

Si esta es la razón más importante, Europa no deja de significar también legislaciones sindicales avanzadas, derechos; progreso en fin. La Europa de las sociedades civiles complejas, que desde hace 47 años está llevando adelante un proceso de unificación admirable cuanto difícil, ve en cada ampliación una dilución de su razón de ser. La Europa que hace dos décadas acogió España (y Portugal y Grecia) después de 40 años de desastre moral y económico del franquismo, pudo poner en marcha su idea fuerza: la de hacer converger socialmente y económicamente los distintos países hacía un futuro de prosperidad y derechos compartidos. La herramienta principal fueron los llamados “fondos de cohesiones”, enormes transferencias de recursos desde las regiones ricas a las menos desarrolladas. Así se creó en apenas una década el milagro español, un quinto país grande en la Unión, un quinto gran mercado moderno y desarrollado. Hoy los fondos de cohesión no pueden tener un peso parecido. Los golpes del neoliberalismo y de las privatizaciones achicaron el papel de los Estados y ya Polonia y los demás países del antiguo bloque soviético recibirán ayudas sustancialmente inferiores. La convergencia económica no será alcanzada antes de la mitad del siglo, según cálculos optimistas. La llegada de países grandes y aún más atrasados -pero con economías rígidamente desreglamentadas y neoliberales- como Rumania y Turquía, reducirá aún más la incidencia de estas transferencia y no alcanzará el siglo XXI para que se equipare el nivel de bienestar entre las dos Europas.

Es decir, Europa está renunciando a su proyecto integrador para uno más grande pero de menor relevancia. En el gigantismo está la muerte del sueño de los padres fundadores, de una Europa que unida proceda en un camino de prosperidad. Queda otro elemento. Los principales patrocinadores del ingreso de Turquía son Estados Unidos, Gran Bretaña y la Italia de Silvio Berlusconi. Estados Unidos es un amigo infiel y tramposo de la Unión. A través de Gran Bretaña logra sistemáticamente diluir los proyecto europeos. Gran Bretaña, que quedó afuera del Euro, la moneda única europea, acaba de impedir que en política exterior Europa hable con una sola voz. En el modesto Tratado Constitucional, que se firmó en Roma el pasado octubre, sigue así siendo necesaria una improbable unanimidad para respaldar o contrastar la política del aliado estadunidense. Turquía desarrollará un papel parecido al británico. El ingreso de Ankara, diez años no son nada, es así un desafío ineludible para la Unión, pero también un riesgo mortal. Agrandando sus fronteras, Europa aleja su indispensable integración política. Y el Islam no tiene nada que ver.

* Historiador y periodista italiano

http://www.jornada.unam.mx/2004/dic04/041222/030a1mun.php

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