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Brecha – Asia Central. La segunda caída del imperio soviético

En la remota Bishkek, en la frontera con China, cayó otro monarca postsoviético. En Kirguizstán, así como en Georgia, Ucrania y próximamente en Belarús, a la nomenklatura pro rusa se le superpone otra pro estadounidense. Otros actores, China, India e Irán, quieren jugar su partido en una región donde los equilibrios geopolíticos son extremadamente frágiles.


Gennaro Carotenuto,
Desde Roma


CAYÓ OTRO PEDAZO de los ex imperios zarista y soviético. Askar Akayev, considerado padre de la patria en Kirguizstán, abandonó el país y fue sustituido por su ex primer ministro, Kurmandek Bakiev, que podría ser el nuevo hombre fuerte del país y que por ahora recibe aplausos de Estados Unidos y de la Unión Europea. Si las protestas de los primeros días han sido protagonizadas por campesinos pobres urbanizados, que habían sido fáciles de reprimir por el caudillo Akayev, la repentina fuga de este tiene otras explicaciones que hay que buscar en la nomenklatura del país, del mismo régimen donde un grupo de la nueva generación dio un golpe blanco con el apoyo de actores externos. Las elecciones presidenciales han sido fijadas para el próximo 26 de junio. Si la situación en Bishkek sigue siendo compleja, lo que es clara es la estrategia ?exitosa- con la cual Estados Unidos consigue otro cambio de régimen en el país que ya hospeda la más importante base militar en la región.


ESTRATEGIA FREEDOM HOUSE. La doctrina Bush insertó en el escenario postsoviético la democracia; su particular concepción de democracia. Así, mágicamente, el ex jefe de la policía Felix Kulov y el ex primer ministro Bakiev que -junto con Akayev reprimieron a los que protestaban contra la imposición del neoliberalismo en una cultura ligada al nomadismo-, antes de pasar a la oposición se reciclan como demócratas. Lo son porque pueden derrocar una democracia burocrática y corrupta para sustituirla con otra más a gusto del imperio. La estrategia ya es conocida y utiliza ONGs que dependen y actúan en concierto con el gobierno estadounidense: financiar masivamente a la oposición, protestar por elecciones alteradas, llamar al pueblo a la calle con cantos folklóricos, poetas nacionales y colores vivaces. Todo esto sucede mientras se tiene ya lista una nomenklatura de recambio para que la invocación al pueblo no se les escape de las manos transformándose realmente en democracia. Hoy son los tulipanes, ayer en Ucrania era el color naranja, anteayer en Georgia las rosas.
El Moscow Times del 31 de marzo entrevista al jefe local de la Freedom House que se jacta de haber acelerado el paso de la oposición kirguisa. Esta ONG neoconservadora, en el último año imprimió los cuatro diarios opositores al gobierno. La generosidad hacia la oposición democrática en Kirguizstán, es la misma con la cual en los últimos años se derrocan déspotas o menos déspotas, casi todos elegidos democráticamente y que solo simplificando brutalmente o falsificando abiertamente la realidad se pueden definir como comunistas. La mayoría de éstos, desde Slobodan Milosevic hasta Akayev, son simplemente ex amigos caídos en desgracia. Es una generosidad que está a cargo de unas cuantas organizaciones, casi todas estadounidenses. Generosísima es la USAID, organismo gubernamental estadounidense, como la IRI, Instituto Internacional del partido Republicano o su mellizo demócrata, la NDI, o la fundación Soros, las alemanas Friedrich Ebert y Konrad Adenauer, o la británica Westminster. Pero la más importante es la Freedom House, que fue fundada hace sesenta años por Eleanore Roosevelt y que en Serbia infiltró, financió y le modificó el perfil a la organización opositora Otpor. También actuó en Ucrania, mientras en Georgia quien se hizo cargo fue la fundación Soros. Y fue este río de dinero que, utilizando el modelo Otpor, creó de la nada la organización Kmara -Ya Basta!- en Tibilisi y Pora -Ahora- en Kiev.
Para esta ONG estadounidense que tiene como objetivo la conversión no violenta de regimenes no gratos para Washington, trabajan personajes como el coronel de la CIA Robert Helvi, activo en la guerra sucia en Myanmar y que hoy, ?convertido? a la no violencia, viaja por la región dando seminarios y gestionando ingentes financiaciones. Las próximos etapas, ya se está trabajando, son Belarús y Azerbaiján.


PETRÓLEO, GAS Y CORÁN. El ?gran juego? decimonónico era la lucha entre el imperio zarista que buscaba una salida al Océano Indico y el imperio británico que con éxito se oponía. Los grandes actores regionales, China e India, eran un enano político el primero, y una colonia británica el segundo. El imperio otomano ya no era un factor decisivo ?se derrumbó con la primera guerra mundial- como el panarabismo. Hasta el petróleo no tenía el papel estratégico que tiene actualmente. Si Gran Bretaña era el imperio, la naturaleza del mundo del colonialismo clásico era incomparable con el ajedrez actual donde el actor global se llama Estados Unidos.
Sin embargo, aún hoy, el lugar de la contienda es el antiguo cordón sanitario colonial con el cual el núcleo ruso del imperio zarista se protegió y al mismo tiempo expandió sus fronteras sur y oeste. Permaneció incambiado en la época soviética y hasta la tardía época de Mijail Gorbachov cuando intentó sobrevivir con la Comunidad de Estados Independientes. Los contextos de fricción son tres. El europeo, que vivió la caída de Ucrania en el invierno boreal. El Cáucaso, que además del genocidio chechenio, conoció en Georgia la sustitución del exministro de exteriores de Gorbachov, Edward Shevardnadze, con el ?Chicago boy? Mijail Saakashvili. Este, en enero de 2004, ganó con el 96 por ciento de los votos y se instaló en Tbilisi. Shevardnadze no era un dictador ni un burócrata, era un amigo de Occidente. Era el hombre que había gestionado la viabilidad de una de las más difíciles transiciones de la historia, mimado durante años, hasta que su parlamento, democráticamente electo,  fue invadido por una banda de violentos que representaban mejor los intereses petrolíferos estadounidenses. La crisis económica -por la mixtura explosiva del fracaso soviético junto el fanatismo neoliberal- hacen que la desesperación popular apueste al cambio.
Resurge de la historia un viejo concepto geopolítico decimonónico, la Atlántida desaparecida de ?Eurasia?. Es más una faja que un continente, pero es altamente sísmica. Entre zarismo y sovietismo había sido mantenida unida por Rusia y sus políticas imperiales. Había sido el centro político, cultural y religioso del imperio, pero también un violento colonizador, el primer y obligado socio comercial en una relación centro-periferia sublimada por la economía planificada soviética y que recuerda la teoría de la dependencia de Theothonio dos Santos. Ahora, entre antiguas vías de la seda, recursos naturales, nuevos actores, renacimiento cultural islámico y regimenes corruptos y frágiles, la historia ha cambiado y Rusia no puede detenerla. Desde los Balcanes al Golfo Pérsico, hasta las guerras caucásicas, en todas han derramado sangre. No sólo en Chechenia, sino también en Transnistria, Osetia, Nagorno-Karabaj. Y más allá, hasta la última provincia china, en Xinjiang, donde viven los uighuros, musulmanes. Urumqi, la capital, está a 72 horas de tren desde Pekín y es la frontera con Kirguizstán. Y al sur-oeste está Afganistán donde todo empezó con la invasión de 1979. Y entre Xinjiang y Afganistán están las cinco repúblicas postsoviéticas de Asia Central. Estas, antes y después del 11 de septiembre ?la guerra en Afganistán fue decisiva- se han desmoronado hasta ingresar, o presumir de ello, en la esfera de influencia estadounidense.


DEL NOMADISMO AL NEOLIBERALISMO. La llegada de Estados Unidos al área, con el apoyo a los mujaidin afganos antisoviéticos, ha favorecido el resurgimiento del principal factor de alejamiento de la región desde Moscú, la cohesión cultural y religiosa islámica. Entre todas las áreas de expansión del imperio estadounidense, la de Asia Central es probablemente la más exitosa. Uzbekistán y Turkmenistán ya desde inicios de los noventa entraron en su órbita. El 11 de setiembre otorgó a Estados Unidos la extraordinaria posibilidad de expandirse y consolidar sus posiciones en Tayikistán, Kirguizstán y Kazajstán. Sin Al-Qaeda y los atentados a las Torres Gemelas no hubiese sido posible. Es así que Askar Akayev, al que hoy Washington pretende desconocer, jugó la sobrevivencia de su régimen sirviendo a dos amos, el Kremlin y la Casa Blanca. Kirguizstán es un símbolo de todas las paradojas de la región. Ahí conviven bases militares rusas y bases militares estadounidenses. Hasta hace poco Akayev, a quien la prensa occidental describe ahora como el último comunista del planeta, ha sido uno de los ahijados más queridos por Washington. Fue él quien en 1991 rebautizó como Bishkek la capital Frunze, nombre de un general soviético. Y Bishkek, en el idioma kirguiz, es el balde donde se hace fermentar la leche en un país que tiene 5 millones de habitantes, diez millones de ovejas y cabras, y varios millones de caballos. Durante años Akayev, un físico importante en la Unión Soviética, había sido el más ortodoxo gestor de la transformación de una cultura nómada en un paraíso del libre mercado. Un fracaso que ha llevado a la caída de estos días.

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