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La prensa aceitada

La influencia de Estados Unidos en algunos medios de comunicación latinoamericanos y, particularmente, entre algunos periodistas de la región no es un asunto meramente ideológico: a veces es un asunto de dinero.

Un reciente artículo del periodista estadounidense Jeremy Bigwood –el mismo que demostrara la injerencia conspirativa de la embajada de su país en Bolivia- constituye todo un periplo por ese país del Nunca Jamás en el que viven, cheque en mano, empresas de comunicaciones y sus emplumados servidores.

Bigwood no es ningún charlatán izquierdoso. Es un periodista de investigación antisistema y gracias a él nos enteramos cómo es que el Fondo Nacional para la Democracia (NED por su sigla en inglés) estuvo financiando a la separatista y fascista Cámara de Comercio de Santa Cruz, una entidad que parece estar metida en el abortado complot cuyo objetivo era asesinar a Evo Morales.

Bigwood ha investigado la panoplia de instituciones de los Estados Unidos que financian “a la prensa libre hemisférica” y se ha dado con más de una sorpresa.

Primero, por la cantidad de agencias metidas en el asunto. Entre las más importantes figuran el ya nombrado Fondo Nacional para la Democracia (National Endowment for Democracy, NED), el Consejo Superior de Radiodifusión (Broadcasting Board of Governors, BBG), el Instituto de EE.UU. para la Paz (US Institute for Peace, USIP) y la omnipresente Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (US Agency for International Development, USAID).

Estos tigres del papel actúan en 70 países y su dinero llega a universidades, programas de mejoramiento académico para periodistas, becas particulares, seminarios de especialización, ONG dedicadas a la prensa y un surtido etcétera.

¿De cuánto dinero estamos hablando? Por ejemplo, en el año 2006 sólo USAID tuvo en sus manos 53 millones de dólares para invertir en medios de comunicación y en periodistas. Ese mismo año, el Departamento de Estado añadió otros 15 millones de dólares para invitaciones, foros, conferencias y un abanico amplio de “actividades académicas” vinculadas a la prensa internacional.

Hablamos del dinero blanco y oficial. Del negro –el que proviene de los fondos inexpugnables de la CIA, de subcontratistas del Departamento de Estado y de las embajadas situadas en “zonas delicadas”- poco o nada se sabe.

¿Cuántos periodistas, por ejemplo, han llegado últimamente a los Estados Unidos bajo el paraguas del proyecto Grant IV, aquel programa cultural de intercambio iniciado por John Kennedy en 1961?

Esa cifra sí se conoce. En el 2007, por ejemplo, cuatrocientos sesenta y siete hombres de prensa consumieron diez millones de dólares en pasajes, viáticos y hoteles del presupuesto del Grant IV.

La opacidad, en cambio, cubre algunas actividades de la USAID. Esta agencia ha asimilado los modales de la CIA y ahora se niega a señalar qué organizaciones extranjeras específicas reciben algunos de sus fondos. Y cuando Jeremy Bigwood ha preguntado sobre la naturaleza de algunas instituciones identificadas como receptoras de dinero de USAID, le han dicho que esa información es clasificada.

Bigwood logró tener en la mano un cable que la embajada de los Estados Unidos en Caracas envió a Washington el 19 de agosto del año 2002:

“Esperamos que la participación del señor…(borrado por Bigwood) como Grant IV sea reflejada directamente en su reporte sobre asuntos políticos e internacionales, pues él asciende en su carrera y mejorar nuestros lazos con él significaría ganar a un amigo potencialmente importante en posiciones de influencia editorial”.

El Departamento de Estado tampoco descansa y para eso tiene varias dependencias -aparte de decidir en qué países tiene la USAID que poner el acento-. Una de esas oficinas se llama Office of Public Diplomacy and Public Affaire, OPDPA), que se encarga de financiar directamente a ciertos periodistas especialmente elegidos. Hasta ahora la lista de estos privilegiados es un secreto pero hay sabuesos trabajando en ello.

En el 2006, en Bolivia, uno de los brazos del Departamento de Estado, el llamado Buró de Democracia y Derechos Humanos, patrocinó la organización de quince talleres periodísticos y envió, gratuitamente, a 200 radios bolivianas las conclusiones de estos “talleres profesionales”.

Bigwood ha señalado que el Consejo Gubernamental de Radiodifusión (BBG) ha tenido como presupuesto, desde 1999 al 2006, nada menos que 650 millones de dólares (sí, seiscientos cincuenta millones de dólares).

El BBG es el que irradia Voice of America, fundada en 1942, Radio y TV Martí (40 millones de dólares anuales de presupuesto), Radio Sawa (que llega a Egipto, Irak, el golfo pérsico), Radio Farda (dirigida a Irán) y la cadena de televisión Alhurra, una especie de CNN en árabe y con programación dirigida al Medio Oriente.

El presupuesto de USAID para Irán –hablamos del ejercicio fiscal del 2008- ha sido de 75 millones de dólares. De ellos, 25 se han usado para “desarrollo de medios de comunicación”. Los otros 50 alimentan lo que Bigwood cita como “diplomacia transformacional para Irán”.

Bigwood cita también el libro El Código Chávez de la abogada Eva Golinger –de origen venezolano y con ciudadanía estadounidense- para recordar cómo es que beneficiarios directos de los programas de USAID y NED estuvieron implicados en el intento de golpe del año 2002 y cómo es que, desde la embajada de los Estados Unidos en Caracas, se establecieron pautas y directivas para la ONG venezolana Súmate, uno de los más caracterizados frentes de la oposición.

En el pasado, la CIA creó, compró o alquiló a cientos y hasta miles de medios y periodistas. Basta recordar el papel de “El Mercurio” en el Chile de Allende, o el de la agencia de noticias “Orbe” en ese mismo escenario.

Pero no es del pasado que hablamos. Es del presente. Porque Bigwood preguntó hace poco y por escrito a la CIA si sigue financiando a periodistas y la respuesta de la Agencia Central de Inteligencia fue la misma de hace cincuenta años:

“La CIA, de ordinario, no niega ni confirma esta clase de alegatos”.

El imperio puede estar en crisis. Pero sigue vivo. Contante y sonante.

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