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Sisto Turra, desafió Bogotá en el nombre de su hijo

Martes por la noche murió Sisto Turra. Un hombre brusco, irónico y cariñoso como pocos. Un anarquista que amaba provocar a la gente que le hablaba de política. Un excelente maestro para los estudiantes del Policlinico.

Mucho más que el presidente de la Sociedad Italiana de Ortopedia y Traumatología para los colegas de uniforme blanca que hoy a las 11, le rendaran homenaje en el patio del antiguo Palacio del Bo. Pero lejos de Padua, donde vivió y murió, y de Feltre, donde nació hace 70 años y donde terminaran sus cenizas, Sisto fue principalmente "el padre de Giacomo” matado en Cartagena el 3 de septiembre de 1995 a sólo 24 años. Sisto empezó a morir en este momento, cuando fue informado por un mariscal de la policía en Padua y, a continuación, cuando un oficial del Ministerio de Relaciones Exteriores de la Farnesina habló de sobredosis. En la narco-Colombia, Giacomo era "razonablemente" muerto por las drogas. Razonable para todos, pero no para Sisto. Cuando, después del viaje sobre el Atlantico, le fue presentado un cadáver sobre un mármol del morgue, quedó atónito. "Resígnese" ordenó el oficial del consulado. Pero ese no era el cuerpo de un muerto de sobredosis, sino un niño masacrado a palizas. Sisto gritó contra todos los que lo aconsejaban de cargar el cuerpo en el primer avión para Italia, a los periodistas que hablaban de enésimo italiano “que vino a llenarse de coca y marihuana”, a la policía local, que alegó que el muchacho, bajo efectos de las drogas, se había golpeado por sí mismo, contra un poste de luz, brazos, piernas, pelvis, costillas y fémur.
Sisto en aquel entonces no entendía el motivo de tal barbarie. Al igual que Giacomo, graduado en antropología y fascinado por las indígenas de la Sierra Nevada, hacia caso omiso de la otra cara de Colombia: el terrorismo de Estado y los abusos de los hombres en uniforme que, esa noche, por casualidad, no atropellaron las víctimas habituales – pobre o opositores -, sino un joven turista que se había revelado en contra de algunos ladrones y de sus cómplices en uniforme. Sisto encontró una razón para vivir, la de hacerle justicia. Movió montañas con el apoyo antes que todo de Simonetta, Judith y Battistina, madre, hermana y tía de Giacomo, de la compañera Franca, de tantos amigos tan diferentes como los del centro social Pedro de Padua o el oficial anti-droga Piero Innocenti. Empleó abogados, involucró parlamentarios y parlamentos, los jueces y los tribunales internacionales, logró rajar las relaciones entre Roma y Bogotá y hacer encarcelar durante unos pocos meses los cinco asesinos de Cartagena, hizo publicar un libro de poemas de Giacomo ( "Mi viaje”) y titularle un salón de la Universidad de Padova, estimuló la curiosidad de investigación de García Márquez, miró en la cara y le hizo bajar los ojos a Alvaro Uribe. "Tengo la sensación de no hacer algo por él, sino de hacer algo que el hubiera hecho" escribió un día. Empezó incluso a amar a Colombia y a los colombianos que reconoció como víctimas, a la misma manera que Giacomo, de la violencia estatal. Leyó que Giacomo se había convertido en un símbolo también en Colombia, donde la prensa lo había definido como los “Turra colombianos " a otro muerto asesinados. quiso creer en la seriedad del proceso, de la apelación y de la casación. Cuando se acabó la última payasada legal, Sisto re empezó a morir, rindiéndose de inmediato . Así cómo se rindió el martes, cansado de estar en una cama de hospital, atravesado por sondas y tubos, ya privado de los últimos placeres: Seneca, su whiskey, la Fórmula Uno, el coche rápido sintonizados en radio Marilú. Sisto Turra no pudo ganar sus batallas. Pero hizo su parte hasta el final. Por lo tanto se quedará en el corazón y en la memoria de quienes lo amaban. Para siempre.

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