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Brecha: Más Europa, menos bancos

Alexis-Tsipras1Varios países europeos fueron a las urnas la semana pasada, desde Gran Bretaña hasta Serbia, pasando por Alemania, Francia, Grecia e Italia. Pero la atención estuvo centrada en estos últimos tres casos, por distintos motivos. Más allá de las especificidades nacionales, los partidos que apoyan los severísimos planes de ajuste definidos por la troika ue-bce-Fondo Monetario recibieron una soberana paliza.

Por Gennaro Carotenuto para Brecha

Para entender la insólita jornada electoral del pasado domingo en Europa quizás haya que empezar por presentar a los tres hombres que emergieron victoriosos, muy distintos entre sí pero también en cuanto a los resultados electorales que recogieron y las perspectivas que abren para sus respectivos países y para el continente.

El que seguramente ocupará los primeros planos a escala internacional, al menos en los próximos cinco años, será el presidente electo francés François Hollande. Con 58 años, aspecto anónimo ("soy un hombre normal", dijo de él mismo para diferenciarse de su excéntrico y voluble rival Nicolas Sarkozy, y la prensa repitió la fórmula a saciedad ) y una carrera política que realizó exclusivamente dentro de su partido, este socialdemócrata tradicional tuvo la extraordinaria capacidad de resistir el aluvión de insultos que le lanzó durante meses el presidente saliente. Nicolas Sarkozy tenía, de hecho, sobradas razones para estar nervioso, ya que a la postre se convirtió en el primer inquilino del Elíseo que no logra ser reelecto desde el nacimiento de la V República, en 1958, ideada por un Charles de Gaulle que hizo del cargo de presidente una suerte de monarquía republicana. El repudio social a Sarkozy es en realidad mucho más profundo que lo que deja ver el 52 por ciento de votos obtenidos por el socialista Hollande. Demasiados escándalos y un estilo de vida ostentoso, aun en plena crisis –que incluyó un matrimonio con la fascinante Carla Bruni, a la que exhibió como un trofeo de caza–, generaron en la sociedad francesa un rechazo humano además que político por el personaje.

El segundo hombre del día fue un joven ingeniero griego, Alexis Tsipras (foto). Con apenas 36 años, Tsiptras es el líder de Syriza, la coalición de izquierda radical, segunda en los comicios del domingo con un 17 por ciento de los votos, siete veces más que en las elecciones anteriores. Sumando esos sufragios al 6 por ciento de los Griegos Independientes y al 8 por ciento del kke (el monolítico partido comunista tradicional), los partidos del arco de la izquierda, crítica de los planes de ajuste impuestos al país, alcanzan un tercio del electorado griego. Quizás la mejor definición que les calce al joven Tsipras y a la nebulosa de izquierdas comunista, poscomunista, socialista, libertaria, ambientalista que él representa sea la de "eurocomunista", para evocar aquel sello que llevaron durante los setenta los pc de Italia, Francia y España tras distanciarse de la Unión Soviética y apostar a la integración de Europa occidental. El "eurocomunismo" de Tsipras aspira a otra Europa posible, que vuelva a apostar a la integración social. Radicalmente contrario a los planes de ajuste, el dirigente griego quiere que su país permanezca en la Unión Europea, pero en otras condiciones. Tsipras fue encargado este martes de formar gobierno, tras el fracaso en la tarea de Antonis Samaras, líder de la conservadora Nueva Democracia, el partido más votado el domingo. El dirigente de Syriza también terminó renunciando, pasándole la posta al presidente del partido socialista panhelénico Pasok, Evangelos Venizelos. Al cierre de esta edición de Brecha, Venizelos estaba a punto de lograr la formación de un "gobierno de unidad" gracias al apoyo de 19 diputados de una formación socialista disidente. Se descontaba también el respaldo de Nueva Democracia, ya que en caso de elecciones en junio ese partido de derecha perderia otros cincuenta diputados y el Syriza pasaría a convertirse en la primera fuerza pol{itica a nivel nacional. De todas maneras, el intento del joven ingeniero supo vislumbrar la búsqueda de un nuevo y más equitativo acuerdo con los acreedores del país como salida a la crisis, una salida que no suponga el trauma del default y de la exclusión de Grecia de la zona euro.

El tercer hombre símbolo del día fue el humorista genovés Beppe Grillo. Su "movimiento cinco estrellas" logró imponerse en las elecciones municipales realizadas el domingo en Italia ante el derrumbe de los partidos tradicionales. Es difícil encasillar a Grillo, un bufón de pelo largo y barba descuidada, de verba inflamada y hablar airado, hasta violento y vulgar. Grillo contrasta físicamente con el identikit de sus votantes, a menudo personas serias, comunes, cuidadosas de su comportamiento, reflexivas. Los electores del humorista son por lo general gente de las capas medias del norte del país, con fuerte sensibilidad ecologista y críticos de la globalización liberal. Pero el "movimiento cinco estrellas" de Grillo, que surgió de una suerte de "que se vayan todos", proponiéndose barrer al conjunto del sistema político, también tiene elementos que podrían asimilarlo a la extrema derecha en materias como la inmigración. Grillo atrajo por ese lado a parte del electorado de una Liga Norte xenófoba en crisis. Globalmente, el movimiento chupó votos de todos los partidos, de derecha e izquierda, y en las ciudades del norte se situó entre el 10 y el 20 por ciento, llegando a pasar a la segunda vuelta, con posibilidades de disputar la Intendencia en una gran ciudad como Parma.

¿FRENTE COMÚN? Buscar una síntesis entre Hollande, Tsipras y Grillo sería humana y políticamente imposible. Sin embargo, el socialdemócrata tradicional, el comunista siglo xxi y… el loco suelto, tienen en común la crítica a la década perdida por la Unión Europea. Los tres –con mucha prudencia Hollande, con argumentos y estilos distintos los otros dos– apuntan a enfrentar el liderazgo regional ejercido por la jefa del gobierno alemán Angela Merkel y su rigor obsesivo respecto a las cuentas públicas, sumado a su rechazo a cualquier política expansiva para crear empleo. Los tres se oponen igualmente a la agobiante dictadura de los mercados, a los capitales buitre, a las "finanzas asesinas" y a los bancos que dominan el continente desde Fráncfort. En la capital financiera alemana, precisamente, reside el italiano Mario Draghi, gobernador del Banco Central Europeo y defensor de la ortodoxia monetarista con mayor celo incluso del que el papa Ratzinger emplea en defender el credo católico apostólico romano.

Sin embargo, es muy poco probable que Tsipras o Grillo obtengan trascendencia internacional. Grecia, salvo un milagro, difícilmente logre mantenerse en la Unión, y volverá a su antigua moneda, el dracma. La Italia de Grillo está al borde de una depresión generalizada y de que se instale una peligrosa desconfianza en la política. Sorprende, por otro lado, el grado de desconcierto del electorado conservador italiano, que ante la rápida descomposición del berlusconismo no tiene representación viable y es tierra de conquista para formaciones de distinto origen, incluso de una extrema derecha que podría tomar los tonos de la protesta fiscal de los tea party estadounidenses.

Hollande aparece en cambio como la esperanza más sólida del campo opuesto al liderazgo de Merkel, que en la elección francesa apoyó abiertamente a Sarkozy y hasta se negó a recibir al socialista antes de la primera vuelta. No es imposible que la Francia de Hollande pueda hacer una alianza puntual con el gobierno derechista español de Mariano Rajoy y con el del tecnócrata italiano Mario Monti para renegociar los rígidos acuerdos impuestos por la alianza Merkel-Sarkozy-Draghi-bancos. Esta renegociación será seguramente el tema más caliente del inminente verano boreal y podría suponer el retorno de una Europa política paralizada en la última década por la primacía de la economía.

La llegada de Hollande al gobierno en Francia supone también un giro en la política francesa que, por primera vez desde François Mitterrand, volverá a alejarse de Estados Unidos. Este mismo año, París podría retirarse de Afganistán, dejando al desnudo la derrota de George Bush que Barack Obama no supo revertir. Como primeras señales de moralización del Estado, tan raras en Europa, Hollande anunció que se rebajará el salario en 30 por ciento y dispuso que en el sector público el mejor sueldo no podrá ser más de veinte veces superior al peor. Nada revolucionario, pero por lo menos, una brisa nueva sopla en Europa. n

La esperanza francesa

François Hollande ganó las elecciones francesas con el 52 por ciento de los votos. Respecto de la primera vuelta, sumó los votos del Frente de Izquierda dirigido por Jean-Luc Mélenchon, que había llegado al 11 por ciento, y el apoyo personal del centroderechista François Bayrou, que quince días atrás había obtenido el 9 por ciento y que se declaró "sumamente preocupado" por el acercamiento de Nicolas Sarkozy a la extrema derecha del Frente Nacional. Hollande reforzó desde la vuelta de abril su talante apacible, contrastando aun más con un Sarkozy que cuanto más se acercaba a la ultraderecha más violento aparecía. Para peor, el presidente saliente no contó con el apoyo de la líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, que prefirió darle la estocada a Sarkozy para aspirar a convertirse en la nueva referencia de la derecha francesa, con el 18 por ciento que logró en la primera vuelta.

El 10 y el 17 de junio habrá elecciones legislativas en Francia. Por lo general, las mayorías conformadas en torno a los presidentes electos son ratificadas en las parlamentarias, por lo que es probable que Francia cuente por cinco años con un parlamento manejado por los partidos progresistas y de izquierda. n

Italia busca referentes

En Italia, el domingo 6 se elegía a alcaldes de algunas grandes ciudades y de miles de pueblos y aldeas. El otrora poderoso Pueblo de las Libertades de Silvio Berlusconi a duras penas llegó al 10 por ciento. El magnate prefirió no estar en Italia y se fue a Rusia a festejar con su amigo Vladimir Putin. Su mayor ex aliada, la xenofóbica Liga Norte, perdió hasta en sus feudos más tradicionales, pagando caro los escándalos de corrupción en los que se vieron envueltos sus máximos dirigentes y la inviabilidad de su proyecto excluyente.

Un poco mejor parada salió la centroizquierda. El Partido Democrático, sin brillar, pinta para convertirse en la única fuerza estable en el mapa nacional. En Génova la centroizquierda arañó el 50 por ciento (habrá segunda vuelta en 15 días), y en otras provincias triunfó ya en la primera vuelta. En cambio en Palermo, la capital de Sicilia, el antiguo símbolo de la renovación democratacristiana, Leoluca Orlando, alcanzó el 47 por ciento de los votos criticando desde la izquierda al candidato oficial del pd, que ni siquiera llegó al 20 por ciento.

El "gobierno técnico" de Mario Monti (apoyado por el pd, el Pueblo de las Libertades y los centristas) tiene por delante un año más de vida (se votará en la primavera boreal de 2013). Hasta tanto, deberá optar entre sumarse a la "nueva onda" visible en Europa o insistir en las fórmulas derrotadas el domingo.

El terremoto griego

En las elecciones legislativas griegas, donde los partidos tradicionales solían cosechar más del 70 por ciento de los votos, el repudio a las imposiciones de la Unión Europea frente a las perspectivas de un default llevó a que Nueva Democracia (centroderecha) y el Pasok (centroizquierda), que apoyaron el "gobierno técnico" que adoptó el plan de ajuste, apenas lograran, en conjunto, un tercio de los votos. Una verdadera debacle política para ambos, que les impide repetir la fórmula de lo que los alemanes llamarían "Grosse Koalition". En el nuevo parlamento estará presente Amanecer Dorado, un partido de extrema derecha que reivindica abiertamente a Adolf Hitler y propone colocar minas antipersonales en las fronteras para impedir la entrada de inmigrantes. Amanecer Dorado obtuvo un importante 7 por ciento.

La novedad positiva es el enorme crecimiento de una izquierda radical (mayoritariamente proeuropea) que sumada alcanza la tercera parte del electorado y que podría crecer aun más hasta convertirse en perspectiva de gobierno.

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